16 de mayo de 2012

Una mujer, en busca de amor




Estoy anclada en el invierno

Primavera, verano, otoño, invierno, todas las estaciones pasan con excesiva rapidez Yo vivo en perpetuo invierno.  Han pasado los años en los que me quejaba de que, no había hecho más que empezar la primavera, y sin darme cuenta, había olvidado el verano;  entonces, el otoño se eternizaba en mi cuerpo, ahora, el invierno, pervive también en mi alma.

Muchos son los años y cada día aumentan mis temores. Los días, uno tras otro son siempre iguales. No se me permite una novedad. No tengo un horario y sin embargo matemáticamente repito los mismos quehaceres a la misma hora y para la misma cosa.

De ser británica no conseguiría una puntualidad tan exacta para mi vida diaria, para mi aseo, desayuno, programa televisivo, almuerzo, paseo, radio, merienda, tv, cena y a la cama.

La simple casualidad, la novedad, la sorpresa, no existen para mí.

La galería de la mente va cerrando paulatinamente ventanales. Afortunadamente permanecen todavía abiertas, pequeñas ventanas que permiten la entrada de un respiro de aire fresco.

Los recuerdos se escapan y lo que queda es el pasado más lejano que se repite hasta la saciedad. Soy consciente y me escucho con la misma inflexión en el recuerdo y en la voz, la coma y la pausa no la altero, ni tan siquiera cambio la frase ni el contexto. Siempre igual.

Mi mirada huye, siempre es lejana, miro sin ver. No miro el hoy por el contrario siempre tengo ante mi vista el pasado.

 Seguro que soy la mujer que fui más estoy segura de que me reconocen como otra.

“” ¡madre mía, esta mujer está totalmente ida”! escucho voces incapaces de…

“”¡No!. Es una anciana. Vuelve a ser niña. Tiene miedo” susurran otras dulcemente.

Busca el amor y encuenttra un nuevo amor, en una nueva gente y, son ellos, la gente nueva, los que cobran un salario, quienes la escuchan, le hablan. Ella percibe de nuevo el amor.

¡Cuánta razón tienen estas voces susurrantes!


©Camyhita, noviembre 2011

29 de abril de 2012

Una mujer, dos muertos




¡Un día lluvioso el de hoy! ¡Vaya manera de empezar la semana!...

Un  día festivo con lluvia, -sé que a la mayoría de la personas  no la soportan en sus días de descanso- pero yo,  sentada en el silencio del salón, en el viejo butacón de orejeras, sin encender lámpara alguna, recibiendo la luz amortiguada y grisácea que se cuela por el gran ventanal, libre de cortinas, luz escasa, de color plomizo, igual que las nubes que se adivinan cargadas de agua, es entonces, cuando disfruto de una calma y tranquilidad y tan sólo me ocupo de descansar, de gozar de soledad, de no pensar en nada. El soniquete a veces de los truenos, y el repiqueteo constante que las gotas de lluvia despiertan en los cristales, me relaja y me traslada a la niñez. Ahora ya no dibujo caras o manos en los cristales empañados por el calor reinante en la estancia y el fresco ambiente exterior. Me acurruco en el sillón y me adormezco.

Hoy llueve y es día laborable. Un nuevo caso me ha sido adjudicado. Un nuevo caso que adivino rutinario.

Recién entrada en el cuerpo, me auguraba una vida llena de novedades, de tensión intensa, de un trabajo cargado de responsabilidad y exento de monotonía. Ahora, transcurridos unos cuantos años, con mayor frecuencia me confieso bajito, que la similitud entre un caso y otro son apabullantes y entre un crimen y otro, tampoco existen grandes diferencias.

Todo esto lo estoy pensando, mientras sufro un descomunal atasco y apenas diviso al coche que tengo delante. El agua cae con tal intensidad que los limpiaparabrisas no dan abasto…

Por fin estoy ante el número 30 de la calle Jxxx Sant Jxxx. ¡He tardado una hora y tres cuartos, en un trayecto, que en cualquier otro día sin lluvia, lo podía haber realizado en escasos quince minutos!

La puerta que da acceso al vestíbulo de la finca está abierta. El portero no está en ella. Tengo la dirección bien apuntada y subo sin dudarlo al quinto primera. Un hombre con apariencia un tanto descuidada, pelo enmarañado y bata de cuadros en la que se adivinaban manchas y restos de comida, me abre la puerta. Es subjetivo el adivinar la edad, pensé que sobrepasaba los sesenta.

No puedo describir la casa. La penumbra, seguramente debido al día de tormenta y lluvia, imperaba por doquier. Después de un largo y angustioso pasillo, me hizo entrar en una habitación de dimensiones reducidas. Una televisión con pantalla led era la nota de modernidad de la estancia. Cuatro sillas –imitación chester- y una mesa oval, en la que descansaban unas largas y gruesas agujas de punto, era todo el mobiliario.

Ocupamos tres de las cuatro sillas existentes. El hombre que me había abierta la puerta, dueño de la casa, su esposa y yo.

La mujer presentaba un aspecto tan descuidado y sucio como el marido y su cara, reflejaba las huellas de unas lágrimas abundantes y duraderas y de una tristeza infinita.

Mal caso, pensé. No me gusta nada de lo que veo.

Empecé por las preguntas de siempre ¿Cómo acontecieron los hechos? ¿Estaban ambos presentes? ¿Medió discusión con el finado? ¿Con los finados, rectifiqué? ¿Conocen ustedes sí existía relación entre los dos?

El relato me sorprendía a cada instante. Decididamente no era un crimen como tantos otros. Ni tan siquiera existía motivo para matar a ninguno de los dos hombres. Según me contó la sospechosa, esposa del hombre de la bata de cuadros, madre uno de los muertos y total desconocida del otro, todo empezó de la siguiente manera:

“Un día tuvo la urgente necesidad de tricotar. Una vez, cuando era joven, confeccionó un pequeño jersey infantil. Nunca más. Aquel día, sin saber el porqué, obedeciendo un irrefrenable impulso por confeccionar una bufanda, visitó distintas mercerías y comercios del barrio en busca de agujas y lana. No cejó en su empeño al no encontrar mercería; todas habían cerrado ¿quién se dedica a hacer punto hoy día?

Dispuesta como estaba, se desplazó en metro hasta el centro y, en unos grandes almacenes, encontró  las agujas; agujas gruesas, que pagó a precio de oro. Los ovillos de lana, además de ser carísimos, no respondían al grosor y color que ella necesitaba.

Presa de agitación encaminó sus pasos a una tienda de “a cien”- ahora “O,75 o más”. En la tercera o cuarta que visitó, calmó sus ansias y cargó con cuatro madejas de lana que se acomodaban a la idea preconcebida que tenía de color y grosor. No de tacto.

Cómo una posesa,-siguió recordando- empezó a tricotar y al cabo de cuatro horas, dolorida de espalda y brazos y sin apenas lana, dejó la labor. Al día siguiente, tan pronto sonó el carillón de la Sagrada Familia, anunciando las 9,30 horas, se personó en la misma tienda y compró cuatro madejas más con la sonrisa prodigada por la misma dependienta que comentó “¿Qué, para la bufanda?.” No le gustó esa intromisión. No le agradó la mirada burlona de la dependienta china. Arrugó el entrecejo y la nariz, su olfato captó un desagradable olor a azufre.

A media tarde la bufanda adquiría forma de boa, por la largura y grosor. Se quedó sin lana y de nuevo recurrió a la misma tienda. ¡Dios, no tenían madejas iguales! Discutió duramente con la dependienta china. ¿Por qué no le había aconsejado otro color si de éste le quedaban pocas madejas? Los improperios que salieron de ambas bocas, alarmaron a comerciantes vecinos. Tuvieron que separarlas y una señora, de las muchas que se habían parado para disfrutar del espectáculo, le indicó otro comercio cercano, en dónde seguro tenía madejas del mismo color.

Se marchó de inmediato y consiguió lo que buscaba, lana suficiente y ¡por fin! Y sin parar horas y horas, acabó una bufanda gigante.

Se la puso en el cuello de su hijo. “”Llévala hoy puesta. La he hecho para ti”” Esa misma noche, una urticaria monstruosa, apareció en el cuello de su querido hijo. Nada pudieron hacer los médicos que le visitaron y sólo certificaron, después de la autopsia “fallecimiento por asfixia de urticaria interna desconocida”.

Ante semejante revés, ella misma, tiró a la basura la bufanda que con tanto entusiasmo había confeccionado. Después, se enteró, que un joven de los muchos que buscan y rebuscan lo que otros tiran, encontró la bufanda y de inmediato se la anudó al cuello, con tan mala fortuna que, una punta quedó enganchada en la tapa del contenedor  y al cerrarse, actuó de nudo corredizo ahogando  al muchacho.””

Difícil caso. Complicada solución. No me había encontrado nunca con una asesina que amase tanto a quién había quitado la vida.

Hablaré con el abogado defensor. No puedo olvidar el final de su declaración. La reiteración de sus palabras. “”Es un conjuro. Ha sido la china que me vendió la lana. Su cara cambió de forma y color cuando en su idioma empezó a gritarme. Sus gestos eran claros. Indicaba un lugar en su garganta y su mano me señalaba a mí. Y reía. Gritaba y reía transformada en un demonio””.

Abro la puerta del coche. Conduzco de manera automática y de pronto me doy cuenta de que  ha dejado de llover.

©Camyhita, abril 2012.Fotografía.Internet

15 de abril de 2012

Una mujer, una madre transtornada.



Con los ojos  semicerrados, con el sabor de sueño, con lengua en la boca un tanto espesa, arrastrando perezosa los pies descalzos, corro los postigos de las ventanas de la habitación, sigo abriendo ventanales de toda la casa y dejo pasar una suave brisa de aire marino envuelta en un sol radiante de primavera.
Mi  camisón se agita levemente, ondea como una  bandera y mi cuerpo se convierta en un mástil que lo retiene.

Me desperezo ante la última ventana abierta y salgo a la terraza; recorro el mar inmenso que ante mis ojos se regodea de su belleza y completamente feliz me dejo caer en una de las tumbonas que junto con las sillas y con sus cojines azul y blanco, me sitúan aún más en mi nuevo y marinero hogar.
Aquí, en esta gran casa, en primera línea de mar, estoy libre y ligera y muy lejana a una vida que dejé hace sólo dos meses.
Caigo de nuevo en una duermevela y me sitúo en mi antigua casa, con mi madre, con su amigo.
En esa casa, la de mi madre, la casa de siempre, en la que había tenido una infancia sin problemas, salvo la separación cuando yo era adolescente de mis padres, pero ni siquiera  su divorcio alteró mi vida. Era una separación amigable y el único cambio es que cuando quedaba a comer con mi padre, lo hacíamos en un restaurante. Él tampoco estaba mucho en casa, siempre con sus negocios, por tanto, vacío, vacío, no se notó.
Mi madre continúo en el bufete, siempre retraída y silenciosa, sin apenas amigas, sin imponer su criterio, ni a mis hermanos ni a mí; después mis hermanos se fueron y el caserón y el jardín era todo para mi disfrute. Y así transcurría mi vida, sin problemas.
No se impusieron ninguno de los dos, ni padre, ni madre, en evitar que hiciese Bellas Artes, si algo tiene mi familia, es que siempre han sido permisivos con los hijos y pocas veces hemos sentido castigo u órdenes rígidas. Apareció el hombre que yo creía que era el único, el predestinado para mí, en esos primeros meses de universidad. Seguía siendo feliz, muy feliz.
Mi madre fue levitando aún más por la casa; parecía un fantasma y, cuando coincidíamos en alguna cena, las dos callábamos. Estábamos juntas y solas y cada vez mas solas y distantes. 
Estaba en mi habitación, sobre mi cama medio recostada entre almohadones y con el i-pod a tope, cuando entró ella y con su cara sin apenas expresión me dijo: “Nena, tengo un amigo. Es profesor en la universidad de xxx. Es viudo y vendrá a vivir conmigo, con nosotras.””
¿Qué podía decir? Callé.  Quedé sorprendida ¿cuándo mi madre había conocido a este hombre si ella apenas se relacionaba?.
Él apareció un día. Me estremece su recuerdo. No sabría decir el qué, o el por qué, pero quizá fue su tez blanca, su piel que se adivinaba acuosa, su cabello pelirrojo, casi todo cano,  todo ello, me predispuso en su contra.
Los horarios eran distintos, la casa inmensa y las clases en la facultad y mi primer amor, me impidieron, entonces, preocuparme por él, por mi madre..No les veía. 
Existió un día en el que ni tan siquiera los 19 años están exentos de pagar el precio del malestar inmenso de una gran gripe. Me quedé en cama sin modificar para nada las costumbres. No le dije nada a mi madre y ella, como nunca lo hacía, tampoco llamó a mi habitación para saber si estaba bien o simplemente, había ido a la facultad.
Al atardecer y cuando me había remitido la fiebre, bajé a la cocina porque mi estómago reclamaba alimento y al atravesar el salón, se desató la tormenta.
Todos quedamos estáticos, descompuestos, desorientados. Ellos no contaban con mi presencia y yo, aún menos, con la de ellos.
Mi madre, de rodillas, con un vestido negro con diminutas flores amarillas, un pelo recogido en moño, un pecho lleno de collares de perlas, un rosario y misal en las manos...
él, con los pantalones caídos delante de mi madre....grité, ¡sabía lo que iban a hacer!
¡Mamá !¿qué vestido llevas?  ¿Por qué ese peinado y ese rosario y...Mamá....
Mi madre se vio obliga a contarme. “”Él es muy creyente, su mujer también lo era, La ropa es de ella. Me la pongo cuando estamos juntos porque él dice que así, los tres, estamos unidos más allá del presente”” También vamos al cementerio a rezar a su tumba”.
¡Me contó tantas atrocidades y comprendí tantas cosas!. Ella, no quería escuchar mis razonamientos “Mamá, tú eres una abogada importante. No necesitas que cambien tu personalidad, además, nosotros no somos creyentes ¿ Qué es eso del rosario?. Tú no eres así””
Ella estaba enamorada o no quería aceptar la soledad. Mi padre ya la había abandonado mucho antes de su divorcio.
Evité la casa aún más. Dormía, desayunaba y regresaba para dormir.
Él empezó a mirarme de otra forma, a perseguirme, a querer ser aceptado por mí.Pretendía ser simpático, dicharachero, amigo, pero intuí que su mirada no era limpia y sus deseos poco sanos. Y no me confundí. 
Cuando un domingo entró en mi baño y yo salía de la ducha, se disculpó ante mis gritos y aseguró que pensaba que estaba libre ¡Si es mi baño, sólo mío!. 
Mamá siento que este hombre me persigue. No me hizo caso. Me insultó y me dijo que yo  imaginaba cosas, pero que él, él, sólo la amaba a ella y era un gran hombre, una gran persona, gozaba de una reputación intachable.
Cuando aprovechó el congreso al que mi madre tuvo que ir y entró en mi habitación, supe que de nada serviría hablar con mamá. Busque de inmediato el móvil de mi padre y a él sí le dije todo lo pasado.
Somos muy civilizados. ¡Dudo que sea lo adecuado o correcto para vivir! . Mi padre me dejó esta casa, en el mar, muy cerca de Barcelona y aquí he madurado en pocos meses, me he convertido en adulta, me siento feliz y acaricio mi vientre, que a pesar de estar liso, sé que está lleno de vida.
Esperaré.
(c) Camyhita, marzo 2012.Fotografía: Jaime Castellana