Con los ojos semicerrados, con el sabor de sueño, con lengua en la boca un tanto espesa, arrastrando perezosa los pies descalzos, corro los postigos de las ventanas de la habitación, sigo abriendo ventanales de toda la casa y dejo pasar una suave brisa de aire marino envuelta en un sol radiante de primavera.
Mi camisón se agita levemente, ondea como una bandera y mi cuerpo se convierta en un mástil que lo retiene.
Me desperezo ante la última ventana abierta y salgo a la terraza; recorro el mar inmenso que ante mis ojos se regodea de su belleza y completamente feliz me dejo caer en una de las tumbonas que junto con las sillas y con sus cojines azul y blanco, me sitúan aún más en mi nuevo y marinero hogar.
Aquí, en esta gran casa, en primera línea de mar, estoy libre y ligera y muy lejana a una vida que dejé hace sólo dos meses.
Caigo de nuevo en una duermevela y me sitúo en mi antigua casa, con mi madre, con su amigo.
En esa casa, la de mi madre, la casa de siempre, en la que había tenido una infancia sin problemas, salvo la separación cuando yo era adolescente de mis padres, pero ni siquiera su divorcio alteró mi vida. Era una separación amigable y el único cambio es que cuando quedaba a comer con mi padre, lo hacíamos en un restaurante. Él tampoco estaba mucho en casa, siempre con sus negocios, por tanto, vacío, vacío, no se notó.
Mi madre continúo en el bufete, siempre retraída y silenciosa, sin apenas amigas, sin imponer su criterio, ni a mis hermanos ni a mí; después mis hermanos se fueron y el caserón y el jardín era todo para mi disfrute. Y así transcurría mi vida, sin problemas.
No se impusieron ninguno de los dos, ni padre, ni madre, en evitar que hiciese Bellas Artes, si algo tiene mi familia, es que siempre han sido permisivos con los hijos y pocas veces hemos sentido castigo u órdenes rígidas. Apareció el hombre que yo creía que era el único, el predestinado para mí, en esos primeros meses de universidad. Seguía siendo feliz, muy feliz.
Mi madre fue levitando aún más por la casa; parecía un fantasma y, cuando coincidíamos en alguna cena, las dos callábamos. Estábamos juntas y solas y cada vez mas solas y distantes.
Estaba en mi habitación, sobre mi cama medio recostada entre almohadones y con el i-pod a tope, cuando entró ella y con su cara sin apenas expresión me dijo: “Nena, tengo un amigo. Es profesor en la universidad de xxx. Es viudo y vendrá a vivir conmigo, con nosotras.””
¿Qué podía decir? Callé. Quedé sorprendida ¿cuándo mi madre había conocido a este hombre si ella apenas se relacionaba?.
Él apareció un día. Me estremece su recuerdo. No sabría decir el qué, o el por qué, pero quizá fue su tez blanca, su piel que se adivinaba acuosa, su cabello pelirrojo, casi todo cano, todo ello, me predispuso en su contra.
Los horarios eran distintos, la casa inmensa y las clases en la facultad y mi primer amor, me impidieron, entonces, preocuparme por él, por mi madre..No les veía.
Existió un día en el que ni tan siquiera los 19 años están exentos de pagar el precio del malestar inmenso de una gran gripe. Me quedé en cama sin modificar para nada las costumbres. No le dije nada a mi madre y ella, como nunca lo hacía, tampoco llamó a mi habitación para saber si estaba bien o simplemente, había ido a la facultad.
Al atardecer y cuando me había remitido la fiebre, bajé a la cocina porque mi estómago reclamaba alimento y al atravesar el salón, se desató la tormenta.
Todos quedamos estáticos, descompuestos, desorientados. Ellos no contaban con mi presencia y yo, aún menos, con la de ellos.
Mi madre, de rodillas, con un vestido negro con diminutas flores amarillas, un pelo recogido en moño, un pecho lleno de collares de perlas, un rosario y misal en las manos...
él, con los pantalones caídos delante de mi madre....grité, ¡sabía lo que iban a hacer!
¡Mamá !¿qué vestido llevas? ¿Por qué ese peinado y ese rosario y...Mamá....
Mi madre se vio obliga a contarme. “”Él es muy creyente, su mujer también lo era, La ropa es de ella. Me la pongo cuando estamos juntos porque él dice que así, los tres, estamos unidos más allá del presente”” También vamos al cementerio a rezar a su tumba”.
¡Me contó tantas atrocidades y comprendí tantas cosas!. Ella, no quería escuchar mis razonamientos “Mamá, tú eres una abogada importante. No necesitas que cambien tu personalidad, además, nosotros no somos creyentes ¿ Qué es eso del rosario?. Tú no eres así””
Ella estaba enamorada o no quería aceptar la soledad. Mi padre ya la había abandonado mucho antes de su divorcio.
Evité la casa aún más. Dormía, desayunaba y regresaba para dormir.
Él empezó a mirarme de otra forma, a perseguirme, a querer ser aceptado por mí.Pretendía ser simpático, dicharachero, amigo, pero intuí que su mirada no era limpia y sus deseos poco sanos. Y no me confundí.
Cuando un domingo entró en mi baño y yo salía de la ducha, se disculpó ante mis gritos y aseguró que pensaba que estaba libre ¡Si es mi baño, sólo mío!.
Mamá siento que este hombre me persigue. No me hizo caso. Me insultó y me dijo que yo imaginaba cosas, pero que él, él, sólo la amaba a ella y era un gran hombre, una gran persona, gozaba de una reputación intachable.
Cuando aprovechó el congreso al que mi madre tuvo que ir y entró en mi habitación, supe que de nada serviría hablar con mamá. Busque de inmediato el móvil de mi padre y a él sí le dije todo lo pasado.
Somos muy civilizados. ¡Dudo que sea lo adecuado o correcto para vivir! . Mi padre me dejó esta casa, en el mar, muy cerca de Barcelona y aquí he madurado en pocos meses, me he convertido en adulta, me siento feliz y acaricio mi vientre, que a pesar de estar liso, sé que está lleno de vida.
Esperaré.
(c) Camyhita, marzo 2012.Fotografía: Jaime Castellana